El páramo: la realidad de nuestra existencia

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Es solo cuando uno se pierde en la naturaleza que toma consciencia de lo ínfimo que es el ser humano. Cada cosa tiene su lugar. Los árboles respiran, los animales campan a sus anchas, el mundo sigue girando como si no existiéramos y todo es perfecto.

 

Al parar, al respirar el aire limpio que queda fuera de la circulación de las grandes urbes y de las no tan grandes, uno se da cuenta de que toda la creación del hombre para asegurar su supervivencia y, más todavía, su comodidad, dejó tiempo atrás de estar en consonancia con la madre tierra. 

 

La grandiosidad del páramo nos resta importancia. Uno más, uno menos, tanto da. En cambio, la individualidad de occidente trata de convencernos de lo contrario. “Si yo dejo de existir…” ¿Qué? 

 

El acantilado nos susurra una dolorosa verdad: Si tú dejas de existir, nosotros permaneceremos, incluso quizás sobrevivamos a tu paso por la tierra. 



Un dolor gravemente agudo se vuelve agua porque todavía estamos a tiempo de retroceder, mas quizás, tan perdidos en nuestra individualidad, no seamos capaces de verlo. La vuelta a la vida rural y un éxodo urbano se impone como salvación ante el desenfreno de lo que se ha transformado en un cotidiano muy real y en nada realista.

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